Una graduación no solo es el momento para vestir una toga y birrete, o una ocasión para celebrar los logros académicos; un acto como este es también una prueba de que el esfuerzo vale la pena y una oportunidad para reflexionar y visualizar las siguientes metas.

Mario* (nombre ficticio) pasó al frente cuando la maestra de ceremonias pronunció su nombre, recibió su diploma, posó entre las banderas para la foto, y regresó a su lugar. Ahí, sentado, esbozó una leve sonrisa mientras veía su nombre en aquella cartulina, que certifica que terminó el ciclo básico.

El adolescente es uno de los residentes del Centro Juvenil de Privación de Libertad para Varones -Cejupliv- Gaviotas. Desde hace dos años y cinco meses llegó al centro para cumplir una sanción tras infringir la ley, y como parte del proceso de reinserción, continuó con su formación académica.

“Estudiar no me gustaba, pero ya estando aquí puse todo mi esfuerzo y ahora quiero seguir. Sé que venir a un centro como este fue un gran dolor para mi familia, pero he hecho cambios, mi familia me ve saliendo adelante y me apoya”, expresó Mario*, tras recibir su diploma.

Junto con Mario, otros cinco adolescentes también recibieron el diploma de tercero básico, mientras que otros tres, el de sexto primaria, y dos más, el de bachillerato en Ciencias y Letras en Productividad y Emprendimiento; en total, once jóvenes que están preparados para continuar con su educación.

Daniela*, la maestra a cargo de la primera y segunda etapa de primaria, comentó que, para el equipo que trabaja con los adolescentes, este es un momento que les llena de satisfacción, pues saben que influyen de forma positiva en sus vidas.

“Los vemos avanzar en su vida, los educamos y somos parte del proceso de cambio que pasan dentro del centro. Verlos acá adelante, bien vestidos, con sus togas y birretes, nos llena de mucha alegría”, expresó.

Texto: Cecilia García
Fotografías: Eduardo Mendoza