
Hasta que llegó al Hogar para Niñas y Adolescentes Víctimas de Violencia Sexual, en Quetzaltenango, Julia* logró conocer el amor y la calidez de la familia que siempre deseó, descubrir su capacidad y su inteligencia, encontrar las fuerzas para levantarse y empezar a construir una vida diferente al dolor y el abandono, que hasta esos días, habían marcado su joven existencia.
Aunque tiene padres y hermanos, solo había conocido golpes, insultos, humillaciones e indiferencia, hasta el punto que fue su madre quien la sacó de la casa y la orilló a vivir en las calles, donde conoció a personas que solo se aprovecharon de su inocencia y corrompieron su espíritu y a sus 14 años la hicieron sentirse sola, vacía y sin valor.
Julia cuenta que a donde quiera que va, siempre lleva una pequeña mochila en la que guarda su tesoro más grande: lápiz, borrador y crayones, con los cuales ha esbozado desde las situaciones más difíciles en su vida, hasta aquellas con las cuales ha recobrado la esperanza.
En un folder archiva sus dibujos, algunos como bocetos, otros réplicas de personajes animados, pero los más significativos son los que ha trazado desde su corazón y cuentan parte de su historia.
Su talento para dibujar brotó en sus momentos de más dolor, cuando estaba al borde del abismo y se sentía sola y con el alma rota. Su único espacio para el desahogo lo encontró entre las hojas de un cuaderno viejo, en las que plasmó sus intenciones de escapar de la vida. Dice que nadie creyó en su talento, incluso, su propio padre la etiquetó como la oveja negra de la familia y casi la mata a golpes en más de una ocasión.

SU LLEGADA AL HOGAR
La mirada de Julia estaba llena de temor y desconfianza cuando en junio de este año, por orden de juez llegó al Departamento de Protección a la Niñez y Adolescencia Víctima de Violencia Sexual con Enfoque de Género, en Quetzaltenango, centro perteneciente a la Subsecretaría de Protección, de la Secretaría de Bienestar Social –SBS-.
En la primera entrevista, el equipo multidisciplinario del centro se percató de que estaba bajo los efectos de estupefacientes y su negativa para entregar su mochila hizo sospechar que estaba ocultando algo. Finalmente confesó que llevaba sustancias ilícitas y que las consumía desde hacía cuatro meses.
El Juzgado de la Niñez y Adolescencia había ordenado la búsqueda de recurso familiar para ella, pues no encajaba con el perfil del Hogar. Sin embargo, en el seguimiento psicológico, descubrieron que había sido abusada sexualmente por un “amigo”, a quien, previo a ser llevada al Hogar, la judicatura le había entregado la custodia cuando la madre la echó a la calle.
“Cuando ella vino aquí, pudimos ver que tenía una carencia de amor grande, no tenía identidad, su autoestima no existía. Empezamos a restaurar cada pedacito de su corazón. Psicológicamente y con apoyo espiritual, literalmente empezó a cobrar vida, pude ver como todas esas cenizas empezaron a levantarse”, dice Mirna Vásquez, directora del Hogar Quetzaltenango.


EMPIEZA A PINTAR SU HISTORIA DE COLOR
A los pocos días de ingresar al Hogar, Julia pudo hablar con la directora, con quien abrió su corazón y mostró sus dibujos. La responsable del centro se sorprendió con su talento. Sin embargo, en ese momento sus creaciones solo representaban los aspectos negativos de su vida. Con el pasar del tiempo pudo cambiar la perspectiva de las cosas y sus imágenes empezaron a llenarse de color.
“Toda la vida me habían tachado de oveja negra, de que no podía hacer nada bien y es tan genial que a otras personas les guste lo que tú amas hacer. Siempre sentí que era la única cosa que hacía bien y fue la primera vez que me felicitaron por hacer algo bueno”, cuenta la adolescente.


Tras dos semanas en el Hogar, Julia participó en un devocional dirigido por Vásquez, el cual se convirtió en el punto de partida para sanar su alma y su corazón. “Volví a sentir el amor de Dios y desde entonces “mami inge” (Ingeniera Mirna Vásquez) ha sido mi soporte, la mamá que me dio el amor que necesitaba, porque cuando yo estaba en la calle sentía que no tenía a nadie”, recuerda.
También agradece a su psicóloga y relata que en el hogar no la juzgaron por lo que había sufrido, al contrario, “me dieron el cariño y la atención que yo siempre había anhelado y esperado”. Y tristemente dice que no tuvo unos padres que la apoyaran.
“Ahora todo es diferente. Cuando vine estaba bien delgada, acostumbrada a no comer y sin un lugar donde dormir. En este centro tengo un techo, educación, amor y tres tiempos de comida”, dice sonriendo.

Vásquez cuenta que Julia no solo tenía problemas emocionales, sino también físicos, pues sufría cuadros de bulimia, la doctora del centro la empezó a tratar y pudo ganar peso. El aspecto psicológico también fue fundamental para mejorar desde su postura, hasta sus impulsos y el consumo de drogas quedó en el olvido.
En la residencia continuó sus estudios básicos y descubrió que lo que siempre decían que era una pérdida de tiempo era uno de sus mayores talentos, el dibujo. “Cada una de sus creaciones representa algo, ella puede expresar en sus trazos todo lo que hay en su mente y corazón”, dice Vásquez.
